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Como prueba de que los mexicanos nos damos ínfulas vanas está nuestra relación secular con Centroamérica. Para la opinión pública nacional, al sur del río Suchiate se abre un marasmo verde que sólo llama la atención cuando ocurre un nuevo desastre natural, estalla un nuevo conflicto civil o se desata una nueva crisis humanitaria. Aunque es una región vital para México, menos de la mitad de los mexicanos considera que la vecindad con la región istmeña sea ventajosa para nuestro país.
Centroamérica, poblada por unos 40 millones de personas sobre una superficie que equivale más o menos a Sonora, Chihuahua y Coahuila, está conformada por siete pequeños países. De estos, tienen antiguos vínculos históricos con México seis: Belice, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua. Aunque son pueblos hermanos, en el mejor de los casos los tratamos como si fueran primos en tercer grado. A lo largo de gobiernos sucesivos, la cooperación mexicana con Centroamérica ha seguido una estrategia que se mantiene más o menos constante desde los años ochenta. Bajo diferentes nombres, Mecanismo de Tuxtla, Plan Puebla Panamá, Proyecto Mesoamérica y Programa Integral de Desarrollo para Centroamérica, la estrategia básicamente consiste en jugar al tío Lolo. No toda la culpa es de México. En el istmo centroamericano, la caprichosa orografía americana alcanza grado churrigueresco, creando microrregiones centrífugas, cuya historia oscila entre la unión y el separatismo. Tras aquella farsa triste que resultó el Primer Imperio Mexicano, las repúblicas trataron de formar unas Provincias Unidas, pero cada república era un cacicato y, cada uno de estos cacicatos, un campo de luchas intestinas. Por eso, con crudeza y arrogancia, pero con tino, un viajero describió a la hermosa región como “una hamaca colgada sobre un cementerio”. En estas circunstancias, lo práctico ha sido reducir los intereses mexicanos en Centroamérica a la geopolítica: construir una hegemonía regional y asegurar la seguridad de las fronteras. Con todo y haber crecido a partir de los 1990, el comercio en la región, con superávit para México, constituye un porcentaje pequeño del total con el resto del mundo. Por el contrario, México recibe consideración en Centroamérica. Por ejemplo, sin contar a los que radican en Estados Unidos, hay más mexicanos en Costa Rica que en el resto de los países del mundo, con excepción de España. Muchos de ellos son empresarios independientes o gerentes y directores de empresas transnacionales. Una veintena de empresas mexicanas tiene importantes operaciones en el país y contribuye de manera considerable a las arcas de la nación tica. La cultura y el arte mexicanos se aprecian en Centroamérica. En festividades públicas y privadas aparecen expresiones de acá que fácilmente se aclimataron allá. Numerosos centroamericanos han escogido México para estudiar, conformando un grupo influyente que siente gratitud y simpatía hacia este país y su gente. Artistas y escritores de la región han adoptado a México como su segunda patria. Parece improbable que, en el futuro cercano, los mexicanos entablemos una relación más pareja con los centroamericanos. Sin embargo, algo podemos hacer para construir una patria más espléndida. Para empezar, podríamos dejar de pensar que “los migrantes centroamericanos” son una plaga a la que, como si fuera el dengue, el próximo gobierno debe “hallar solución”. La pregunta interesante es si podemos y queremos constituir un cuerpo social que trate con generosidad al forastero necesitado de hospitalidad. Como siempre en cuestiones humanas, la respuesta a la pregunta es ambigua, pues en este país, al mismo tiempo, trabajan Las Patronas y el opera el Instituto Nacional de Migración. ¿Con cuál de estos dos sueña “el Sueño Mexicano”?
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La burocracia es el resultado de un gobierno que se entromete en los asuntos de la vida privada y familiar. Sin embargo, no cualquier entrometimiento gubernamental es burocrático. Para que haya burocracia, se debe constituir una casta social de pedantes que pretenden regular nuestra dieta y hábitos, supervisar nuestros estudios, calificar nuestro trabajo, dictar nuestras opiniones, dirigir nuestra vida, saber qué es mejor para nosotros y, en general, hacerse responsables en lugar nuestro de lavarnos los dientes y ponernos la piyama. La burocracia, casta separada del resto de la sociedad, se gana la vida al inventarse tareas, para así tener derecho a mejor sueldo y pretexto para incrementar su número. La burocracia es la excrecencia natural que se produce al surgir una masa de empleados que fueron a la universidad, donde la mayoría de las materias, aunque difíciles de pasar, carecen de valor por sí mismas, pues no son sino elaborados ejercicios mentales que no producen sino tablas de Excel y presentaciones de PowerPoint. Constituida por universitarios, la casta burocrática cuenta con conocimientos científicos y filosóficos apenas suficientes como para erigirse en crítica de vidas ajenas. Receta panaceas para nuestra humanidad doliente y se siente autorizada a forzarnos a tragar su medicina. Vive en la íntima convicción de que sus medidas mejoran las actividades humanas o, cuando menos, sus porciones más importantes. En consecuencia, cualquier postura que se aparte de sus programas será superflua y, si las contradice, será perjudicial, por lo que se le debe eliminar lo antes posible, para así dejar campo libre a la influencia benéfica de los benévolos burócratas. La burocracia cunde sobre la faz de la tierra. Según datos de la OCDE, el país con más burócratas es Noruega, donde un tercio de la PEA está a sueldo de gobierno. Detrás vienen Suecia y Francia, con 25% más o menos. A pesar de las apariencias, en México la burocracia todavía no invade el cuerpo social: entre los países con más burócratas en términos porcentuales, este país no se encuentra entre los primeros diez y está por debajo de Canadá y Estados Unidos. No obstante, el Estado mexicano es el empleador más importante del país. El número de burócratas que trabaja directamente para alguno de los tres Poderes de la Unión comprende un ejército de varios millones de individuos. Si se considera que burócrata es todo aquel que trabaja para la administración pública a cualquiera de sus tres niveles, municipal, estatal o federal, o para los organismos públicos descentralizados, entonces el número debe andar por diez millones de personas cuyo salario se paga con impuestos. En consecuencia, el número de burócratas en México representa como una sexta parte de los trabajadores del país, la cual, según el INEGI, anda por los 60 millones. En contraste, Femsa, el mayor empleador privado, tiene apenas unos 300 mil empleados. Las diez empresas privadas con mayor volumen de ventas suman alrededor de un millón y medio. La burocracia echa montón. Los millones de burócratas, aun sin sumar a la familia que come de su sueldo, pueden hacer ganar a cualquier candidata. En términos de votos, cultivar la burocracia es un negocio redondo. ¿Alguien cree que Gálvez o Sheinbaum va a proponer una reducción al número de burócratas? ¿Bajarles el sueldo? ¿Reducir sus prestaciones? ¿Disminuir su influjo? Habrá de bastarnos con que la ganadora no pretenda multiplicarlos. Así también es la democracia. ¿Qué hacer para enterarse de política sin volverse loco? Uno quiere estar actualizado, pero es imposible seguir todos los periódicos y todos los noticiarios por radio y televisión, que comunican pocas noticias en realidad, pero las engordan con glosa y comentario. Día a día, hora por hora, minuto a minuto, cambian las circunstancias. Que si ésta declaró tal. Señal de ésa. Guiño de aquélla. Para colmo, está el atolondramiento provocado por los chats: audio, texto y video, audio, texto y video que te entran por ojos y oídos, sin que el cerebro tenga oportunidad de separar el grano de la paja. Muchos emiten pero nadie resume y sintetiza. Ante la avalancha de información, es natural enloquecer.
Supuestamente, este modus operandi sirve para que contemos con elementos para la acción. Pero lo que acaba sobreviniendo es una parálisis de la voluntad, cuya causa está en las tormentas emocionales que nos sacuden: nos inquieta un rumor, nos enoja un chisme, nos entristece un enredo. Buscando cierto equilibrio, la más mínima murmuración detona un entusiasmo desmedido, que momentáneamente disipa la inquietud, el enojo o la tristeza. Sin embargo, consume tanta glucosa que, después, nos sentimos agotados. Sobreviene el malhumor y, si estabas atorado en el tráfico, mientas madres con el claxon, de manera que echas a perder tus intenciones de hacer de tu esquinita de mundo un lugar mejor para vivir. Así pues, pretender estar enterado de política acaba siendo un hábito tan sano como emborracharse con pitufos. ¿Y si estar actualizado en temas de política se tratara de otra cosa? ¿Si fuera algo como lo que contaré a continuación? A lo mejor uno amanece el jueves con ganas de estar enterado de cuestiones políticas cruciales. Va al librero. “¿Qué se me antoja?”, se pregunta. “¿Macbeth o Fuenteovejuna?” Habiendo escogido a Shakespeare o a Lope de Vega como interlocutor, uno sale a la calle. Al pasar por la iglesia, se mete a santiguarse, pero entra justo a la mitad de la lectura del Evangelio, tomada del de San Lucas: “¡Ay de ustedes los ricos!” Uno oye las palabras, sin que aparentemente hagan mella. Mientras uno sigue su camino, se pregunta: “¿Cómo es que, en la misma manzana, hay tres predios colindantes cuyas puertas abren sobre sendas calles, y uno es la iglesia, otro un convento y otro un albergue para niñas centroamericanas que cuidan unas monjas de hábito azul marino?” Como uno anda atento a sí mismo, se da cuenta de que acaba de hacerse una pregunta política compuesta. Uno anda de buenas. “Buenos días, señora Tams.” La señora Tams todavía sale a barrer su banqueta, pero ahora la acompaña una enfermera. Uno toma nota mental: “Mi vecina anciana es maestra de constancia en la adversidad inevitable”. Al llegar al mercado, uno advierte un letrero que convoca a asamblea de locatarios. Toma otra nota y compra las papas que le hacían falta. De vuelta a la casa, advierte un restorán que habían puesto muy bonito, pero, antes de ser inaugurado, amaneció con un sello que dice: “Clausurado por violar la ley.” Uno pasa la tarde ocupado en quehaceres que no son política y, ya en la noche, se pone a ver una película sobre la reunión de Chamberlain y Hitler en Munich. ¿Y si enterarse de asuntos políticos no se trata de atiborrarse la mente y desgastarse los nervios? La política está en nuestra naturaleza. No se trata de violentarla, sino de darle una ayudadita. A fin de cuentas, con ser naturales, estaremos siendo políticos. Por ahora, lo único con que contamos los simpatizantes de Xóchitl Gálvez es una retadora con posibilidades de ganar. Por ventaja holgada, las encuestas favorecen a Claudia Sheinbaum sobre Xóchitl. La tarea es descomunal y el oponente, colosal. Morena tiene estructura sólida en las casi 70 mil secciones electorales del país, mientras que, en muchas, nada más la tiene alguno de los partidos del FAM. Los ciudadanos, dispersos en miles de asociaciones, hacemos mucho ruido, pero damos pocas nueces. Aun así, podemos ganar. Claro que podemos. Pero también podemos perder. Debemos estar preparados.
Para prepararnos, podría ser útil tener a la mano una lista de perdedores. Primero que avenirse a participar de una injusticia por parte del gobierno de Estados Unidos, Henry David Thoreau perdió y, por perder, fue a dar a prisión. En Sudáfrica, Nelson Mandela perdió, antes de ver derrumbarse el apartheid. Antes de que se desmoronara el régimen comunista, perdieron Lech Walesa en Polonia y Vaclav Havel en Checoslovaquia. El Dalai Lama ha perdido contra la aplanadora China. En San Luis Potosí, perdió y perdió Salvador Nava. Efraín González Luna muchos años y muchas veces perdió. Antes de llegar a convertirse en el Mahatma, el Alma Grande, Mohandas Gandhi perdió. Si los simpatizantes de la oposición llegamos a perder, ¿qué perderíamos? ¿Qué se juega de verdad en la elección de 2024? ¿La suerte del país? ¿La de tu familia? ¿Está en juego tu destino personal? Un filósofo estoico o un monje budista te dirían que no, por lo menos en sentido trascendente. Pero para sacar provecho de esto que se nos viene encima, conviene considerar que se juega muchísimo más de lo que somos capaces de imaginar. En 2024 se jugarán el crecimiento del PIB, el ingreso per cápita, la inversión extranjera directa, la productividad y la competitividad. Se jugarán las tasas de inflación, interés y desempleo. Se trata de cuestiones importantes, pero no la más importante. Estarán en juego el bienestar y la seguridad, que son importantes, pero no lo más importante. Se jugará la calidad de los servicios públicos, pero quizá escuelas y hospitales no sean lo más importante que estará en juego. Lo más importante que se jugará es la raíz, la fuente y el origen de esos bienes y todos los demás. A la raíz, la fuente y el origen fueron los perdedores. Por ellos, podemos recordar que, si bien los asuntos públicos y el cuerpo social están relacionados con estimaciones y proyecciones, con índices y coeficientes, con presupuestos y legislación, no brotan, no manan y no nacen de ahí. Los bienes que nos darán paz, tranquilidad y satisfacción brotan, nacen y manan de algún lugar del corazón humano. Desde ese lugar habló aquella anciana que, habiendo perdido por la segregación racial en los autobuses de Alabama, caminó y caminó, en solidaridad con el boicot al que convocó Martin Luther King tras el arresto de Rosa Parks. Muy cansada de caminar, la anciana tuvo la fuerza para decir al chofer de autobús que la invitó a abordar: “No, gracias. Los pies me duelen, pero mi alma descansa.” Así diciendo, la anciana ganó, porque hay juegos en que, quien gana el mundo, lo pierde todo, pero el que lo pierde gana al final. La democracia es un juego así. Los que votaremos por la oposición deseamos el triunfo electoral. Pero si también, como Mandela o Gandhi, anhelamos la victoria moral, seremos invencibles, aunque nos puedan derrotar. Por doquier se oye que la clave de la elección de 2024 estará en los jóvenes y que las candidatas tratarán de atraerlos. No me hago ilusiones en cuanto a la manera en que querrán atraerlos. Para hacer claro mi argumento, exageraré. Supón que aparece un mercadólogo maquiavélico, sin conciencia ni vergüenza, y que la más descarada de las candidatas lo contrata. El mercadólogo sale en redes sociales con un cuento como el que la Zorra le echó a Pinocho:
“Te voy a dar una lanita mensual, bastante más que el mugre domingo que te da tu papá. Luego, si quieres más, te inscribes en una escuela, pero no te preocupes, no tienes que estudiar. Cuando te demos tu diploma, vas a tener chamba segura, haciendo unos crucigramas de pocasú. A los 55, te jubilas con el último sueldo que cobrabas.” Si, allá por febrero, el mercadólogo ve que su candidata no levanta, puede endulzar la oferta: “De pilón, te doy celular con internet de banda ancha gratis, para que veas videos a gusto. También voy a pasar una ley para que, si tus papás te dan mucha lata, te puedas salir de tu casa e irte a vivir a unos hostales que voy a poner, con gimnasios de caché.” Si para marzo la candidata no despega, el mercadólogo pone más carnada sobre la mesa: “En los hostales, habrá anticonceptivos gratis y coolers en los refris de cada cuarto.” Con dos o tres lleguecitos más que le demos a la ética y la moral, semejante oferta corruptora de menores no es inimaginable. Quitándole lo exagerado, publicistas y propagandistas con escrúpulos burgueses a lo mejor ya usan algunas de sus partes, disfrazadas. No me hago ilusiones, pero sí estoy dispuesto a dejarme sorprender. Quizá alguna de las candidatas intente atraer a los jóvenes votantes tratándolos como a seres humanos con aspiraciones de infinito, que intuyen el pleno vigor de sus fuerzas físicas, mentales y espirituales, a la vez que experimentan el terror espantoso de no saber qué hacer con ellas. Quizá les ofrezcan algo así: “Conmigo habrá escuela gratis, pero nada de flojear. Además de pasar con buenas calificaciones, tendrás que tener una rutina de ejercicio, de preferencia un deporte de equipo, para que aprendas a colaborar. Tienes que practicar arte. O pintas o te metes al coro o la orquesta o al grupo de teatro. También tienes que aprender alguna forma de práctica espiritual, la que tú quieras, yoga, programa de Doce Pasos o las dos. Mi trabajo es apoyar a tus papás. Lo que ellos digan, eso se hace. En tu casa, yo no me meto.” Al hacer su oferta, cualquiera de las dos candidatas podría ponerse a sí misma como ejemplo. Una podría decir: “Veme a mí. Yo, además de ir a la escuela, bailaba ballet. Hacer puntas me enseñó a disciplinarme. Luego, fui a la Facultad de Ciencias, cuando no era enchílame esta gorda.” La otra podía decir: “Veme. Además de ir a la secu, vendía gelatinas y luego me puse a chambear, para poder estudiar robótica. Yo le chingué. Eso me trajo aquí.” Quizá alguna candidata se fusile las líneas de Winston Churchill: “Joven mexicano, no te ofrezco más que sangre, afanes, sudor y lágrimas.” No me hago ilusiones, pero estoy dispuesto a dejarme sorprender. Quizá haya mexicanos entre 18 y 22 años que no quieren prestaciones, sino un poema que los inspire a vivir. Quieren que se les trate, no como a pedinches poquiteros, sino como a héroes del Señor de los Anillos. Se acercan las elecciones de 2024 y veo oportunidades. Veo la oportunidad de que Xóchitl Gálvez, senadora de la República sin filiación partidista, que ha fundado empresas y filantropías, que ha gobernado como alcalde y se ha desempeñado como funcionaria, gane la elección para Presidente. Pero la Presidenta Xóchitl no es la mayor oportunidad que veo.
Veo la oportunidad de que diputados y senadores de los tres partidos más serios y responsables de México, PAN, PRD y PRI, dejen de jalar agua para su molino nada más. Para que, discutiendo y negociando, promulguen y deroguen leyes, es decir, normas obligatorias generales que, creadas con estricto apego a derecho, también apunten hacia la justicia. Pero un Congreso menos disfuncional no es la mayor oportunidad que veo. Veo la oportunidad de que el Partido Verde, el Partido del Trabajo, Movimiento Ciudadano y otros parásitos oportunistas de la política mexicana pierdan casi toda la utilidad que les ha permitido subsistir, chantajeando hueso y mamando chichi. Pero que se descubra y aplique un desparasitante efectivo no es la mayor oportunidad que veo. Veo también la oportunidad de que, por fin, después de treinta años de hacer grilla y borlote con sus movimientos peristálticos que complotan para hacer caca la unidad nacional, AMLO se retire de la política derrotado, espumando bilis por la boca y con el rabo metido entre las patas. Pero que el ex Presidente se vaya al rancho que tiene en Chiapas, donde nada más pueda agitar garrapatas, tampoco es la mayor oportunidad que veo. La mayor oportunidad que veo es la promover la cultura ciudadana. Veo la oportunidad de elevar el nivel de la conversación y aminorar el sensacionalismo mediático. Veo la oportunidad de que algunos millares más de mexicanos quieran conocer mejor lo bello y lo bueno que ha habido y hay en este país, personajes, lugares, episodios, instituciones. De que, conociéndolos, cobren mayor conciencia del dolor de nuestra tierra y, por eso, amen más a México, con amor que chilla menos, pero llora a menudo y ora sin vergüenza. Veo la oportunidad de que más ciudadanos, confiados en recibir ayuda si la necesitan, no soliciten dádivas del gobierno, porque saben que costarán como lumbre a sus hijos y nietos. Veo más ciudadanos que sólo exigen al gobierno fomentar circunstancias donde puedan trabajar en paz y cosechar los beneficios de su esfuerzo, talento y suerte. Veo propagarse, como ideal compartido, una sociedad cuyo tono esté dado por un número creciente de pequeños propietarios en próspera medianía, quienes consideran que riqueza superflua y pobreza extrema son desgracias remediables. Veo la oportunidad de que, en los asuntos públicos, el sentido común tenga más cancha. Veo la oportunidad de un cuerpo social más alerta ante las amenazas del populismo y la demagogia, pero también del paternalismo totalitarista y la dictadura tecnocrática. Veo la oportunidad de tender hacia un patriotismo ilustrado que, con razones y convicciones, sepa justipreciar la democracia, las libertades y el Estado de derecho. Veo oportunidades pero no me hago ilusiones. También veo que las oportunidades que veo van cuesta arriba y contra corriente. Habrá que picar piedra para arrancar de un suelo canijo un fruto parco. Pero veo que ese fruto nos sabrá riquísimo en la boca. Se acercan las elecciones de 2024. Veo que no se tratan los partidos políticos ni de la sociedad civil. No se tratan de Xóchitl y no se tratan de México. Veo que las elecciones se tratan de mí y de ti. ¿Queremos ser producto del ambiente? ¿O que el ambiente sea producto de nosotros? Se viralizan memes. Se organizan manifestaciones y se levantan encuestas. Pero las elecciones se ganan con votos, millones y millones de votos, que los candidatos a cargos de elección popular deben ir pizcando uno por uno, de a poquito. Para hacer menos dificultosa la recolección, se inventaron unas máquinas: los partidos políticos. Cuando los ciudadanos no van a votar libre y voluntariamente, esas máquinas comienzan a fallar, por lo cual se erigen en Grandes Princesas Electoras individuas como la Baronesa Tenchita del Tianguis de Santo Domingo, que de un solo golpe junta mil votantes, o la Emperatriz Maestra Elba Esther, que en sus buenos tiempos aportaba cuatro millones, como el diez por ciento de los que una señora necesita para ser Presidenta.
Ante la escasez de votos individuales, los partidos políticos no tienen más remedio que recurrir a los Grandes Electores, líderes de la Asociación de Comerciantes Ambulantes de Chalco o el Sindicato de Mineros, que truecan votos grupales, corporativos e, incluso, tribales, a cambio de manga ancha para un sinnúmero de actividades de sus afiliados. Estas actividades pueden consistir en desórdenes más o menos inofensivos, como vender mangos con chile en carretillas que se ponen en las esquinas de Coyoacán o empezar el puente el 14 de septiembre, so pretexto de conmemorar la Incorporación de Chiapas al Pacto Federal. Con facilidad, pueden pervertirse en crímenes nefandos. En el abstencionismo, comienza la corrupción de los partidos y la degeneración de la democracia. En las tres elecciones para Presidente de la República celebradas en México en lo que va del siglo XXI, más o menos cuatro de cada diez ciudadanos se abstuvieron de votar. Ese porcentaje es semejante al de Italia y mayor que en Francia y España. Algunos de quienes se abstienen argumentan que así manifiestan su desencanto con el sistema constitucional para elegir gobernantes. Las y los Grandes Electoras y Electores usan este argumento para sonarse los mocos, porque es suavecito. Otros dejan de votar no más que por puritita flojera. La minoría lo hace debido a la abstrusidad de las reglas de nuestras elecciones. Puesto que se trata de millones y millones de votos, de todos modos esos pocos suman muchos. Tú puedes hacer algo por asear un rinconcito de la política. Empieza por asegurarte, desde ahora, que tu credencial de elector está en regla y anotar en tu agenda el 2 de junio de 2024, para que ese día estés seguro de poder estar en tu sección electoral entre 9 AM y 5 PM, por lo menos durante las dos horas que, como máximo, te tomará ir a votar. También puedes convertirte en una democrática molestia para tres de tus parientes, amigos o vecinos. Si te quitas la pena para pedir una tacita de azúcar o que le echen un ojo a tu gatito, bien puedes quitártela para preguntar: “Por cierto, ¿ya checaste que esté vigente tu credencial del INE?” Si vas a protestar, hazlo de manera que te exijas más a ti mismo y sirvas a los demás, por ejemplo, convenciendo a diez indecisos de ir a votar. Sacúdete la pereza. El rinconcito que escombres se puede multiplicar por millones. Se habla de “ciudadanizar la política”. Por ahora, la frase puede significar no mucho más que votar por honor, por decencia, por amor, por motivos que ahora son objeto de burla, que ya no importan, pero han importado a lo largo de la historia e importarán en el corazón del hombre, mientras el cielo no deje de ser cielo. Flaco favor nos haremos a nosotros mismos, a Xóchitl Gálvez y a México si nuestra meta, como simpatizantes y electores de Xóchitl, se reduce a que gane la Presidencia de la República. Si Xóchitl gana, pero no tiene mayorías en las dos cámaras del Congreso de la Unión, ni un buen número de gobernadores, alcaldes y regidores que colaboren de buena gana con el gobierno federal, lo único que habremos conseguido es reducir a la Presidenta a la impotencia, induciendo un coma en la gobernación del país.
En las elecciones de 2024, se disputarán 20 mil puestos de elección popular. Propongámonos como meta que los candidatos del Frente Amplio por México ganen más de la mitad de esos puestos. Pero alcanzar esa meta tampoco será suficiente, si los puestos se ocupan con tipas y tipos que nada más andaban buscando hueso y, al primer hipo en las encuestas de opinión sobre el gobierno de Xóchitl, se brincan como chapulines a la oposición de Morena, el Verde y demás pringajos. Aprendamos de la elección que, en un arranque de entusiasmo cívico, hizo ganar al Presidente Madero en 1910. A los pocos meses de ocupar el cargo, a Madero lo dejaron solo. Los colmilludos diputados, senadores y gobernadores que, viendo su popularidad, le habían otorgado el beneficio de la duda, comenzaron a darle largas a sus proyectos de ley. Ante la parálisis legislativa, obreros y campesinos, que simpatizaron con el chaparrito por honrado, se pusieron bravos, pero contra el Presidente. Se inflamó, por ejemplo, la revuelta zapatista en el sur. El golpe de Estado de 1913 fue el fin de la historia, no su comienzo. No será práctico pretender que la totalidad de los cargos en disputa se cubran con nobles y leales daltónicos partidistas, como Xóchitl, que nada más vean por el bien de municipio, estado y país. Más práctico puede ser hacer sudar a los partidos. Que se empeñen por buscarte candidatos pasablemente nobles, razonablemente leales. Quizá alguno carezca de militancia y sea un profe o un activista, haciendo sus pininos en contiendas electorales. Quizá alguno se transforme en un legislador o funcionario excepcional. Ha sucedido antes, en el PAN, el PRD y el PRI. Para que los partidos se pongan las pilas, puede contribuir que seas selectivo con tus fuentes de información. Usa bien el tiempo que pasas en redes sociales. Pon orden en tus chats. No circules basura. En lugar de dar tu preferencia a los medios de comunicación, chicos o grandes, nuevos o viejos, que propagan amarillismo chistosón, dásela a quienes te digan, detallada y brevemente, quiénes son Fulano, que pretende ser tu alcalde, Sutano, que va para diputado local, y Perengano, que quiere ser diputado federal. No es tormento chino. Les puedes pedir que te lo digan con humor. La democracia es un bello sistema político porque exige responsabilidad de los ciudadanos. Para ser demócrata de a de veras, tienes que apartar tiempo y recursos para dedicarle a tu democracia. Para ser demócrata, tienes que leer, estudiar, prepararte, conversar, discutir sin pelear y, lo más laborioso, pensar. Eso hacían los griegos. Eso ya no lo hace casi nadie en el mundo. La democracia no es para güevones ni pendejos. En estos momentos, ayudar a Xóchitl también significa urgir a los partidos a que postulen gente seria y responsable para los 20 mil cargos que se juegan en 2024. Si desde el principio no buscamos que el gobierno de Xóchitl Gálvez tenga legitimidad, autoridad y poder, el remedio puede acabar saliendo peor que la enfermedad. Ahora que ha quedado claro que somos muchos millones de mexicanos quienes apoyamos a Xóchitl Gálvez, pende un peligro: el xochitlismo. Aunque no será Xóchitl quien lo cause, sus simpatizantes y electores sí podemos causarlo. También nosotros somos capaces de desactivarlo.
De materializarse, el xochitilismo sería una variedad del personalismo político, mal de la cosa pública que, cuando se agrava, se convierte en la fiebre del mesianismo, enfermedad de los pensamientos y las emociones, que ataca principalmente a las creencias. El personalismo es una fe dislocada. Antes y ahora, el personalismo ha hecho estragos, en este país y en el mundo. Mutando en caciquismo y caudillismo, ha sido especialmente grave en el orbe que habla español. Inglaterra, que ha contrarrestado el mal con su rarísimas constitución y monarquía, parece ser un país que ha quedado más o menos libre del contagio. Ha de haber otros. El personalismo no es sino una forma más de las bacterias y virus que se conocen como “ismos”, que suelen tener un efecto fatal sobre la república. Están los obvios, por ejemplo, el nazismo. Otros, como el socialismo o el capitalismo, no saltan a la vista. Hoy, sobre la faz de la tierra cunde una mutación especialmente perniciosa: el populismo. Dañino como es este bicho, no es nuevo. Ya Aristóteles lo había diagnosticado, bajo el nombre de demagogia. La historia de estas enfermedades del cuerpo social es interesantísima. Sus causas y efectos no están claros. Parece que aparecieron en la Revolución Francesa, a partir de un germen que podría atribuirse, por simplificar, a Rousseau. Según este germen, es posible usar la política y la economía, es decir, las solas fuerzas de la inteligencia y la voluntad humana, para eliminar las desdichas, pesares, desgracias y penurias que se abaten sobre la humanidad, varones y mujeres, ancianos y niños. Pensadores como Edmund Burke contestaron a Rousseau con un “no”. En la vida sobre la tierra siempre habrá dolor, aunque este dolor se puede aliviar, aminorar, disminuir, usando la política y la economía, que abren vías para que abunden el gozo y la dicha de los humanos. Esas vías no tienen inventor, descubridor o autor. Son milenarias obras anónimas, creaciones colectivas de la cultura y la civilización. La cultura y la civilización transmitidas hasta nosotros prescriben tres vías, libertades, democracia y Estado de derecho, para alcanzar un nivel soportablemente alto de felicidad terrenal. Para evitar el peligro del xochitlismo, conoce, estudia y practica esas vías, que sí funcionan, aunque lejos están de ser perfectas. Para impedir que nuestra cosa pública se acabe de atrofiar, hay que poner primero los principios y después a las personas. Por eso, si gana, manda a Xóchitl Gálvez, y a los miles de personas que ocupan cargos de elección popular, a que traten de apegarse lo más posible a la mejor tradición política de Occidente. Si el gobierno de Xóchitl Gálvez facilita que, entre 2030 y 2036, México avance algunos pasos más en libertades, democracia y Estado de derecho, habremos tenido éxito. Acerca del libro de texto de historia de México, nunca bastará con uno solo, cuantimás si lo paga el gobierno en un régimen de partidos. Al partido que gobierna siempre le va a complacer un único texto oficial que legitime sus políticas públicas. Siempre le va a acomodar que la gente lea ese libro y ningún otro más. Por supuesto, entre más malo sea el partido, peor será su libro.
Y ningún libro será lo suficientemente bueno porque, para leer la historia de lo que sea, hacen falta, por lo menos, dos libros: el que dice que Iturbide era un ambicioso y el que dice que era un longánimo, el que dice que Juárez era un leguleyo y el que dice que era un estadista, el que pone a Villa por los cielos y el que lo pone por los suelos. Con opiniones diferentes, el lector forma su propio criterio. Así pues, en vez de escandalizarnos ante la calidad de un libro de texto, preguntémonos qué podemos hacer para que, en las escuelas, los alumnos adquieran la capacidad, no para hojear un libraco retacado de dibujitos, sino para leer un par de obras informativas y amenas, unas recientes, otras bruñidas por la pátina del tiempo. Haciéndonos esa pregunta, llegaremos a la respuesta de que, en el actual sistema educativo, no es posible hacer nada. Ni las universidades lo consiguen. ¿Para qué discutir sobre un libro de papilla predigerida que, en seis años, será sustituido por otro más o menos igual? ¿Por qué no anhelar que los niños de primaria puedan leer, aprender y entretenerse con los libros de Antonio Mediz Bolio o Artemio de Valle Arizpe? ¿Por qué no aspirar a que, en la secundaria, los alumnos aprendan historia de maestros como José Fuentes Mares y Enrique Florescano? ¿A que, en la preparatoria, los alumnos puedan leer, entender y disfrutar los libros de fray Toribio de Benavente y fray Bernardino de Sahagún? A lo mejor comí hongos alucinógenos, pero veo visiones sobre un país psicotropical: en los tres primeros años de primaria, en las escuelas se aprende el abecé y los párvulos descifran con fluidez las letras impresas sobre el papel. En los siguientes tres, practican la conexión entre oralidad y escritura, usando, por decir algo, la bonita selección de lectura en voz alta que preparó Juan José Arreola o la antología de poesía infantil de Salvador Novo. En las escuelas secundarias, hay pequeñas, pero serviciales, bibliotecas circulantes de doscientos títulos, escogidos en concierto por la directora y las maestras, de acuerdo con sus gustos y preferencias. Sus ejemplares se han de reemplazar cada pocos años, porque se deshojan y desgastan por el uso, y no por la acción de hongos y termitas. Veo visiones de muchachos de preparatoria que, para pasar el ciclo, se dividen en equipos. Un equipo lee la historia de Carlos María de Bustamante y otro, la de Lucas Alamán. Para el examen final, exponen sus lecturas en un debate y concluyen que la belleza de la historia está en sus infinitos matices de grisura. Se me pasa el efecto del pasón. Las visiones se acaban. Al despertarme con cruda, veo un sistema educativo diseñado para maquilar ignorantitos que, creciendo como las verdolagas, llegarán a convertirse en el perfecto idiota latinoamericano. Para escapar de la realidad, me como otro honguito. Entonces, veo visiones de papás que, sabiendo que no es lo mismo educación que escolaridad, dan a sus hijos los libros de historia de México que es posible comprar baratos, sin que el gobierno tenga que meterse para nada… |
Mauricio SandersEscritor, editor y traductor. Trabajó como agregado cultural y se ha desempeñado como funcionario en organismos para la cultura del gobierno de México. Más mitote
August 2024
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