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Pasado mañana ya es 2 de junio. Vota por quien quieras, pero vota. Votar es un acto de amor por México. Vota por tu calle, por tu cuadra, por tu colonia, vota por el pueblo donde naciste y la ciudad donde vives, por “diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos”, parques y plazas, iglesias y fortalezas, por “varias figuras de su historia, montañas y tres o cuatro ríos”.
México no es el Presidente de la República, los gobernadores ni los alcaldes. No es el Congreso de la Unión ni el Poder Judicial de la Federación. No es la Constitución, la bandera, ni el himno. México empieza cuando sales de tu casa, empieza con tus vecinos, con tus compañeros y maestros, con tus colegas y jefes, con tus clientes, proveedores y socios. Empieza por la gente que conoces, con quien tratas a diario, con los que puedes trabajar y jugar. México es el nombre que le damos a la gente como nosotros con quien nos juntamos para hacer lo que no podríamos hacer solos. México es un conjunto de conjuntos de conjuntos de personas, de voces, de rostros, de decepciones e ilusiones, de lágrimas y risas, tristezas y alegrías. México es tus grupos, comunidades y sociedades. Vota por amor a esa gente, a las cosas que hacen juntos, al lugar donde las hacen. En cosas, lugares y personas concretas empieza la patria y, desde ahí, se sigue hasta el Estado mexicano, una abstracción compuesta de abstracciones: población, territorio y gobierno. Para ir a votar, no pienses en el Estado, pues tendrías que ser tonto y loco para amar al Estado. Votar es de intereses, pero no sobre todo de intereses. Es de ideas, pero no nada más de ideas. También votas con el sentimiento. Votas por razones que nada más tu corazón entiende. Para ir a votar, piensa en aquello que amas. Piensa en concreto. Piensa en cosas, lugares y personas. Ésa es tu patria, única e irrepetible como tú. Yo pensaré en una mañana fresca en Carrizalillo y una tarde lluviosa en Los Azufres; en un caballo de Calpan, un venado de Orizaba y una gata de Coyoacán; en el sabor del pescado en hoja santa y el del agua de pitaya, en el de los nísperos, los mangos y los capulines; en una biblioteca en las faldas del Ajusco, un museo en Monterrey, unos frontones en Santa Úrsula Coapa, unos baños de vapor en San Ángel; en un muchacho en Puebla; un viejo en Delicias; una anciana en Iguala. Pensaré en un larguísimo etcétera donde hay canciones y poemas, pintores y músicos y edificios en ruinas, sea porque son muy viejos, sea porque están muy descuidados. Votar es una forma sencilla de mostrar amor por México. ¿Hay más? ¿Hay otras? Por supuesto que sí. Nuestro país será un mejor país si nos decidimos a amarlo en esa multitud de formas que no son votar, por ejemplo, recorrerlo sobre ruedas y dejar de hablar pestes de él. ¿México es el mayor amor para amar? Por supuesto que no. Poco amor tendríamos por nosotros mismos, por nuestros semejantes, por la vida, la verdad y la libertad, poco amor por México si lo erigimos en el objeto central de nuestra fe, esperanza y amor. Se acerca el 2 de junio. Vota por el que quieras, pero vota, porque entre más amas, eres más.
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Democráticamente hablando, México está reprobado. En un índice de democracia preparado para 167 países, nuestro país ocupa el lugar 90, con un puntaje total de 5.14 en una escala del 0 al 10. Está por debajo de la mediana, que corresponde a Senegal, y de la media, que es 5.23. Según este índice, los países que sacaron arriba de 9 son Noruega, Nueva Zelanda e Islandia. Corea del Norte, Birmania y Afganistán recibieron casi 0.
El índice agrupa a los países en cuatro categorías: democracias plenas, democracias defectuosas, regímenes híbridos y países autoritarios. México está catalogado casi a la mitad los regímenes híbridos, el mejor calificado de los cuales es Bangladesh, con 5.87. El régimen híbrido más cerca de ser autoritario es Mauritania, con 4.14. Nuestro país está lejos de las calificaciones que obtuvieron sus principales socios comerciales, Canadá, con 8.69, y Estados Unidos, con 7.85. México está en el lugar 16 de Latinoamérica, más cerca de Nicaragua que del país más democrático del subcontinente, Uruguay, el cual, junto con Costa Rica y España, está entre las tres democracias plenas del orbe hispanohablante. La calificación de México es la más baja desde 2006. En 2011 y 2010, nuestro país alcanzó 6.93, con lo cual se ubicaba más o menos a la mitad de las democracias defectuosas. A partir de 2020, dejó de pasar de panzazo. Lleva tres años seguidos sin poderse llamar ni siquiera un país defectuosamente democrático. El puntaje se compone promediando y midiendo cinco factores: proceso electoral y pluralismo, funcionamiento del gobierno, participación política, cultura política y libertades civiles. En proceso electoral y participación política, México aprueba. Si bien saca 4 en funcionamiento del gobierno, el factor que más pesa en la mala nota es su muy deficiente cultura política: un 1.88 de dar lástima. Para medir cultura política, el índice indaga sobre el grado de consenso social que da sustento a una democracia funcional. Se hace preguntas como las siguientes: “¿Qué porcentaje de la población piensa que la democracia sirve para mantener el orden público o favorecer el desarrollo económico? ¿Qué porcentaje piensa que sería deseable tener un Ejecutivo fuerte que estuviera por encima de Legislativo? ¿Qué porcentaje preferiría un régimen militar o una dictadura tecnocrática?” En general, por cultura política el índice entiende el apoyo popular que sostiene a una democracia. Y según el índice, en México el apoyo es raquítico. La pata más coja son los gobernados, no los gobernantes. A pesar de que nuestros votos cuentan, a los ciudadanos nos faltan cultura cívica, educación democrática y patriotismo ilustrado. Nuestra democracia nos importa, pero nada más un domingo cada seis años. Somos jarabe de pico y tacos de lengua, no mucho más. Parece improbable que la Marea Rosa y sus marchas y concentraciones basten para subir la nota de México. La lección es que la democracia se parece a la escuela: para que te vaya bien, es inútil desvelarse estudiando la noche antes del examen, si te quedas dormido en la clase. Mejor es estar atento en el salón, tomar apuntes y repasarlos a diario, aunque sea quince minutos. Si alguien tiene curiosidad, puede encontrar el índice completo, junto con interesantes notas, en The Age of Conflict, Democracy Index 2023, documento preparado por The Economist Intelligence Unit. “Como te ven, te tratan”, dice un dicho. Por eso, la imagen de México en el exterior es un elemento importante de las relaciones internacionales. Incide en el turismo, la inversión directa, la calificación de deuda, la volatilidad del peso, el trato que reciben migrantes y expatriados y el margen de maniobra para negociar acuerdos bilaterales y votos en organismos multilaterales.
Hay unas gentes que se pusieron a revisar un millón de caricaturas, fotografías, noticias y tuits sobre México, publicadas por agencias como BBC, CNN, Xinhua y periódicos como Le Monde, The New York Times o El País. Según esas gentes, los medios internacionales no destacan la inseguridad y la violencia, al revés que la prensa nacional. Entre el montonal de cosas que revisaron, el México bárbaro de asaltos y asesinatos aparece apenas en quinto lugar. Aunque afuera se habla bastante de la injusticia social y la desigualdad económica que hay en México, 72% de los ítems se reparten en tres cajones. Desde el extranjero, nuestro país se ve “dependiente” (31%), “emergente/moderno” (27%) o “exótico” (14%). Se percibe a México como un país de hondas tradiciones ancestrales, con rico patrimonio cultural y natural, industria cultural prestigiosa y oferta cultural envidiable. Es decir, visto con ojos de fuera, México se nota por su cultura. Sin embargo, para los extranjeros nuestra cultura se reduce a Frida Kahlo, Rufino Tamayo y mayas y aztecas. Para ellos, en las películas los mexicanos aparecen como mariachis, luchadores enmascarados o quinceañeras enfundadas en merengue rosa. Aunque los mexicanos aseguramos que Carlos Fuentes u Octavio Paz son autores de talla mundial, brillan por su ausencia en lo que se dice acerca de nosotros. Vista desde el exterior, la política mexicana sobresale por su debilidad institucional. Se muestra un país que adolece de fallas sistémicas: “gobernantes insensatos incapaces de administrar los momentos críticos de la república; una clase política desconectada del cuerpo social, con apenas una ideología reconocible; un Estado de derecho caprichoso y frágil”; una participación ciudadana que se reduce a ir a votar, “sin transformar la plaza pública en un ejercicio plenamente democrático de civilidad y valores”. El mejor ángulo de México es la cooperación internacional. No obstante, el hecho de que nuestro país se encuentre entre los diez primeros contribuyentes a la ONU no resulta muy fotogénico que digamos, a pesar de ser encomiable. También dignos de encomio resultan los esfuerzos nacionales a favor de la equidad de género. Después de checar el chismógrafo que, en México, pasa por análisis político, casi es un alivio enterarse de que, en general, la prensa internacional mira a México con optimismo tibio. A sus ojos, somos una potencia regional mediana que nomás no acaba de cuajar, pero con gente amable, ciudades vibrantes y oportunidades para hacer negocios. Para ser feliz, uno tiene que saber ponerse en su lugar. Por eso, siempre hay que dejar abierta la posibilidad de que los demás nos vean de manera diferente a la que nosotros nos vemos. Quienes se interesen por este tema pueden consultar La imagen de México en el mundo, libro de César Villanueva y otros autores. También está México, las Américas y el mundo, publicación del CIDE. Ni a un terremoto con ciclón debemos tener más miedo que a un gobierno cuando toma medidas obligatorias basadas en estudios de expertos, que podrán ser expertísimos en sus áreas de competencia, pero saben muy poco de la gente como uno, de cómo vivimos y qué queremos. Los expertos poseen técnica de Proteo, pero carecen de la sabiduría que pidió el rey Salomón. En consecuencia, planificando para el próximo sexenio, estropean el siglo venidero.
México tiene una añeja historia de desastres con epicentro en el escritorio de un burócrata. Ahora hablaremos de uno bastante viejo, cuyas consecuencias todavía resiente el país: “la consolidación de vales reales”, ordenada por el rey Carlos IV en 1804. Al haber destruido el sistema de crédito para pequeños y medianos productores, este desastre está en el origen de las angustias que aún hoy sufre el dueño de una PYME, cuando necesita pedir prestado para financiar sus operaciones. Con la consolidación de vales reales, el gobierno obligó a las “cofradías”, cientos de instituciones locales que en aquel entonces realizaban la función de prestar dinero que hacen los bancos de ahora, a entregarle sus activos y capitales. A cambio, el gobierno extendió a las cofradías unos papeles, garantizando el pago de un interés de 3% sobre los depósitos incautados. A pesar de la garantía, la medida equivalió a una expropiación. Con esta medida, las cofradías tuvieron que exigir pagos inmediatos por préstamos que tenían contratados a largo plazo. Como resultado, la economía mexicana se paralizó en todos los niveles. Sin embargo, los más afectados fueron los profesionistas, abogados y médicos, los pequeños agricultores, comerciantes y mineros y todo aquel que tuviera su carpintería, su panadería o su sastrería, es decir, la clase media de esos tiempos. Como siempre, los muy acaudalados contaban con recursos a la mano para sortear el temporal. Aunque la medida fue suspendida en 1809, debido a las protestas generalizadas que provocó, atizó la rabia popular que estalló con el grito del cura Hidalgo. Aun habiendo sido suspendida, sus efectos nocivos perduraron, pues en doscientos años México no ha logrado reconstruir un sistema eficaz de banca local en ciudades pequeñas y medianas, ideado para recibir depósitos de gente del lugar y otorgar crédito a gente del lugar. Un sistema semejante todavía es factor considerable para generar riqueza en Estados Unidos. El pasado ya pasó. Es imposible dar marcha atrás en el tiempo. Sin embargo, cuentos horripilantes como el de la consolidación de vales reales nos pueden ayudar a parar las antenas y andarnos con cuidado, cuando el gobierno propone medidas radicales para solucionar arraigados problemas. Aunque hay enorme diferencia entre las cofradías y las AFORES, también hay semejanzas, aparte de las erres y las efes que se repiten en ambas palabras. En México hay males muy antiguos. Uno de los más malignos es el de tener gobiernos urgidos de dinero a los que les da por tomar medidas obligatorias basadas en estudios de expertos, lo mismo en el Virreinato, la Independencia, la Reforma, el Porfiriato, la Revolución o en el México de ahora, que lleva cuarenta años sin saber ni cómo se llama el pobre. Un mal gobierno puede hacer mucho mal en un sexenio. Una larga serie ininterrumpida de buenos gobiernos puede hacer bastante bien en un siglo. Aunque la sociedad mexicana excreta abundante inmundicia en figura humana, sobreabunda en héroes, genios y santos. Uno de ellos es Miguel Ángel de Quevedo, a quien se conoce principalmente por ser una avenida con camellón. Sin embargo, es hombre que merece un biógrafo como Maurois o Zweig. Como no lo tiene, baste por ahora con algunos apuntes.
Miguel Ángel de Quevedo nació en una próspera familia de Guadalajara en 1862. La prosperidad no le protegió contra la tragedia, pues quedó huérfano de madre cuando tenía diez años. Siete años después, su padre falleció. El huérfano viajó a los Pirineos franceses, donde quedó a cargo de un tío suyo, cura de aldea que le inculcó amor por los árboles. En Europa, Quevedo estudió ingeniería, para volver a México en 1887. Entró a trabajar a una compañía de ferrocarriles y, mientras supervisaba la construcción de unas vías, fue testigo de las inundaciones que devastaban la región. Al explorar cerros y barrancas, Quevedo notó que estaban completamente pelonas y se dio cuenta de la absoluta necesidad de la reforestación. En 1893, una compañía hidroeléctrica franco-suiza contrató a Quevedo para investigar el potencial de México. Quevedo presentó a sus patrones un informe que destacaba los perjuicios que la tala de bosques causaba a la generación de electricidad. Tiempo después, Quevedo consiguió que se estableciera la Junta Central de Bosques. Así empezó su larga carrera como defensor de la conservación forestal. En 1901, Quevedo se valió de su nombramiento en una comisión de obras públicas para promover la creación de parques en la Ciudad de México. En 1900, los parques y jardines componían menos de 2% de la superficie urbana de la Ciudad de México. Como resultado del programa de Quevedo, la relación aumentó a 16%. En 1908, el presidente Díaz aceptó la proposición de Quevedo para crear dunas arboladas en Veracruz. El argumento que le convenció fue que las dunas disminuirían problemas como la fiebre amarilla y la malaria. Para 1913, Quevedo había cambiado el paisaje del puerto. Quevedo obtuvo recursos para otro proyecto: unos viveros forestales que abrió en Coyoacán. Estos viveros eran la pieza central de un sistema que producía 2.4 millones de árboles en 1914: cedros, pinos, acacias, eucaliptos y tamariscos, que fueron plantados en los lechos secos de los lagos y en las desnudas faldas de las colinas. Entre julio de 1913 y febrero de 1914, plantó 140 mil árboles. Cuando llegó a la Presidencia, Francisco Madero, agrónomo de Berkeley, demostró ávido interés por la conservación de los bosques y apoyó los esfuerzos de Quevedo. Madero creó una reserva forestal en el estado de Quintana Roo, que debió haber sido la primera de muchas, de no ser por el golpe de Estado de Huerta. Como Huerta consideraba a Quevedo un subversivo, el conservacionista se exilió voluntariamente. Después de la victoria de las fuerzas constitucionalistas, regresó a México y convenció al presidente Carranza para establecer el Desierto de los Leones como primer parque nacional de México. Más tarde, Quevedo produjo el borrador de la ley forestal que Calles promulgó en 1926, base para la legislación forestal mexicana. Más tarde, Cárdenas invitó a Quevedo para que dirigiera el Departamento Autónomo Forestal. Quevedo rechazó el ofrecimiento, diciendo que era ingeniero y no político, pero Cárdenas insistió y Quevedo le dio el sí. Aunque ingeniero, Miguel Ángel de Quevedo no le hizo fuchi a meterse de burócrata y político con diversas administraciones y regímenes. Por amor a los árboles y los bosques de su patria talada, de buena gana se ensució las manos de tierra, sin permitir que se le emporcara el corazón. Por no mirar hacia el pasado, hay vejestorios que nos parecen novedades. Por ejemplo, el uso y cultivo de la mariguana fueron prohibidos en 1769 por el Arzobispo de México, Francisco Antonio Lorenzana. José Antonio de Alzate, sabio mexicano que tiene su calle en la Colonia de los Doctores, se opuso a la prohibición, alegando que la mota tenía efectos benéficos, aunque podía poner a la gente en estados ridículos, estúpidos o de plano espantosos.
El cáñamo, cannabis sativa, llegó a México desde el siglo XVII. Muy pronto se extendió tanto su consumo que los usuarios le dieron un apodo cariñoso en nahuañol: “pipiltzintzintlis”, que quiere decir “hijito” o “niñito”. Alzate, quien cultivó pipintzintlis con fines experimentales, escribió un artículo para defender a la yerba. En su defensa, dijo que podía inducir agradables sensaciones de felicidad erótica, así como visiones paradisiacas. Así pues, no es de extrañar que Alzate también anotara que le robaban las plantas que usaba para sus observaciones científicas. El artículo que publicó Alzate motivó una respuesta en la revista que publicaba José Ignacio Bartolache, quien también tiene su calle, pero en la Colonia Del Valle. La respuesta destacaba las virtudes curativas de la mariguana, diciendo que los curanderos la daban a beber en infusión a manos llenas, como remedio para cualquier mal, real o imaginario. A fin de cuentas, la prohibición del Arzobispo Lorenzana no se hizo efectiva. La razón que se dio en el Virreinato para no hacerle caso a Lorenzana fue: “la prohibición incita más y más el deseo de la cosa prohibida”. Por ahora, lo que importa de esta historia es subrayar un mal de nuestros tiempos: nos creemos los muy modernos cuando nos fumamos un churro, siendo así que somos bastante anticuados o, por lo menos, bastante semejantes a como es la gente de todo tiempo y lugar. Vivimos encerrados en nuestra época, privándonos de puntos de comparación, por lo cual nos imaginamos que somos libres como nadie lo ha sido, cuando bien podría ser cierto que somos más cautivos que nunca: de las leyes y el Estado, por no decir nada de nuestras pasiones. Quiero decir, a pesar de que, basados en nuestra ignorancia engreída, asumimos que el Virreinato fue un tiempo de candados morales cuya llave estaba en poder de un Inquisidor eclesiástico, Alzate pudo conducir sus experimentos con mariguana sin que lo fuera a molestar ningún inspector y sin temor a que lo metieran al tambo. Damos por hecho que aquella fue una época oscurantista, sin reparar que el uso de la mariguana se discutía públicamente en las revistas de la época. Sobre todo, pasamos por alto que la prohibición no surtió efectos: nuestros novohispanos choznos se daban sus buenos pasones, sin que la autoridad se entrometiera. Hoy ya no tiene tanta libertad una señora a quien le gusta poner macetas en su azotehuela y quisiera plantar unas amapolitas, por la simple y llana razón de que son flores muy bonitas. O lo que es peor, si en estos tiempos a un retrógrada derechista se le ocurriera afirmar que la mariguana es nociva para la salud física y mental, le lloverían encima invectivas y anatemas que jamás le hubieran pasado por la mente a la Santa Inquisición. En el ambiente de ahora, es imposible posible discutir diferencias con razones claras, pasiones sinceras y buen humor. La sustancia que inspiró este mitote fue tomada del capítulo que Rodrigo Martínez Baracs contribuyó para el libro Las reformas borbónicas 1750-1808, coordinado por Clara García Ayluardo y publicado por el Fondo de Cultura Económica. Yo quiero vivir en un país donde, cuando el Presidente de la República dé el Grito de Independencia en 2049, grite ante un pueblo que festeja pacíficamente con confeti y serpentinas: “¡Viva Hidalgo! ¡Viva Morelos! ¡Viva Guerrero! ¡Viva Iturbide! ¡Viva José Woldenberg!”
José Woldenberg estudió sociología y después una maestría en Estudios Latinoamericanos. Durante tres años estudió cine en el CUEC. Desde 1974 es profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Tenía 22 años cuando dio su primera clase. Poco después, además de enseñar teoría política, comenzó a ejercitarse en su práctica, participando en la fundación del Sindicato de Personal Académico de la UNAM (SPAUNAM), que en 1977 se fusionó con el Sindicato de Trabajadores y Empleados de la UNAM (STEUNAM), del cual surgió el actual STUNAM. Como dirigente sindical, Woldenberg participó en una huelga que fue reprimida y estuvo preso cinco días en el Reclusorio Oriente. José Woldenberg fue fundador y militante del Partido Socialista Unificado de México, el Partido Mexicano Socialista y el Partido de la Revolución Democrática, el cual dejó por razones ideológicas. Entre 1989 y 1994, presidió el Instituto de Estudios de la Fundación Democrática. Como escritor e intelectual, ha participado en otras formas de la política, debatiendo la cosa pública desde la revista nexos. Woldenberg presidió el Instituto Federal Electoral de 1997 al 2003, cuando el Instituto estaba nuevecito. Antes de ese primer IFE, los órganos electorales existentes eran incapaces de ofrecer garantías de integridad, transparencia y certeza, tanto a los partidos en competencia como a los electores en su totalidad. Como Consejero Presidente del Instituto Federal Electoral, Woldenberg se impuso un objetivo simple de enunciar pero de dificultad formidable: que los ciudadanos y los partidos políticos tuvieran certidumbre en las elecciones. El IFE de Woldenberg fue responsable de dotar a los mexicanos con su primera credencial para votar con fotografía; de compilar listas nominales de electores, también con fotografía; de seleccionar y capacitar funcionarios de casilla; de imponer el uso de tinta indeleble y de boletas en papel seguridad foliadas por municipio. Así, las elecciones en México se metamorfosearon en un proceso creíble. A Woldenberg le tocó fungir como autoridad electoral en las elecciones presidenciales del 2000. En esas elecciones, por primera vez en 72 años un partido que no era el PRI ganaba las elecciones presidenciales. Ese IFE demostró ser una institución sólida capaz de hacer valer su autonomía. Este patriota mexicano que prefiere hacer política desde el salón de clases y el artículo de revista, insiste en conocer, valorar y defender la democracia que tenemos, con todos sus muchos, grandes, innegables defectos. Por eso, fue orador en la marcha ciudadana del 26 de febrero de 2023. Cuando el Presidente dé el Grito en 2049 estará conmemorando que, en parte, debemos a José Woldenberg un México democrático. Cuando el Presidente dé ese Grito del futuro, ojalá también conmemore que, de los héroes que nos dieron patria, Woldenberg fue de los pocos que murieron de viejitos en su cama. Basta de héroes asesinados y fusilados. Yo quiero vivir en un país de paz. . A la clase media mexicana le hace falta una Juana de Arco, cuya obra grandiosa consistió en lograr que la pequeña burguesía de Francia cobrara conciencia de que tenía la fuerza para erigir y derribar reyes y que la fuerza para erigirlos y derribarlos provenía de la fe. Lo que hace falta a la clase media es un milagro de convicción.
Esa Juana haría ver a la clase media mexicana que es la clase más numerosa del país. De ahí el interés en dividirla en clase media alta, media media y media baja, con dos extremos inmiscibles: ricos y pobres. Pero la división es mentirosa. Donde se construya un centro comercial hay clase media. Donde Liverpool, Suburbia o Coppel abran una tienda, donde haya un Cinépolis o un Cinemex, hay clase media, clase media del municipio de Atlixco o de la alcaldía Benito Juárez, pero clase media a fin de cuentas, que gasta y gasta bien, en refrescos embotellados, fórmula láctea, aparatos electrodomésticos y automóviles nuevos, para comprar los cuales la clase media se apunta en una lista de espera. Si eres propietario de un bien inmueble, eres de la clase media, sin importar si se trata de un terrenito en la colonia Pueblo Viejo de Iguala, de un departamento en la Del Valle o de una casa en Lomas de Angelópolis. Si tienes escritura, eres clase media. No importa si tus vacaciones son en Punta Mita o en Playa Caleta, si vas juntando a lo largo del año para vacacionar en diciembre, eres clase media. Si tus papás tienen que dejar de gastar en lujitos para que vayas a la universidad, sea pública o privada, eres clase media. Nuestra Juana de Arco haría ver a la clase media que es la clase más activa del país. Si tienes tu despacho de contador o tu consultorio de dentista, eres clase media, clase media de Pochutla, Oaxaca, o El Cedral, San Luis Potosí. Si eres dueño de un negocio, perteneces a la clase media, sin importar si compras y vendes marranos en La Piedad o llevas tu fábrica de envases de plástico en Lerma. Si eres empleado y, para llegar al final de la quincena, tienes que pedir prestado, eres clase media, sea que el préstamo te lo dé tu patrón, sea que te lo dé la tarjeta Platinum Card de American Express. De nivel de subsecretario para abajo, la burocracia proviene de la clase media. De esa clase todavía suele salir la mayoría de los secretarios de Estado y los Presidentes de la República, quizá con un par de excepciones entre los presidentes Ávila Camacho y López Obrador. De Celaya y de Tepic, pero son de clase media los oficiales del Ejército y la Marina, desde los tenientes hasta mero arriba. El tono de nuestro cuerpo diplomático lo da la clase media. La clase media es la más activa y ocupa los puestos operativos, administrativos y gerenciales de América Móvil, Bimbo y Cemex. Tanta clase media en tantos lugares habla bien de nuestro país, aunque a la clase media no la hayan dejado darse cuenta todavía. El día que nuestra Juana de Arco haga ver a la clase media mexicana cuánta fuerza tiene en sus manos, gobernícolas y milmillonarios van a temblar. Mientras Juana llega, tratemos de conocernos y comprendernos mejor, para que un día podamos unirnos entre nosotros, en eso que los marxistas han llamado “conciencia de clase”, pero que también podría llamarse solidaridad entre hombres de buena voluntad. En 2024, cuatro mil millones de personas en setenta países saldrán a votar, es decir, a intercambiar su voto por algo que ofrece un candidato al cargo de titular del Poder Ejecutivo. Ese algo puede ser tangible o intangible, general o particular.
“Yo te doy mi voto”, dice el votante al candidato, “si tú haces las paces con nuestros vecinos de Wadiya.” Pero también el candidato puede decir al votante: “Si tú me das tu voto, yo te doy un tinaco.” En otras palabras, votar se ha convertido en un comercio, un trueque, un negocio, más o menos mezquino de acuerdo con la altura ética del país donde se vota. En este contexto, se abre la oportunidad para que México se erija en ejemplo, modelo y parangón para el orbe entero de la Tierra. En 2024, podríamos los mexicanos quienes digamos: “Yo no voto ni por becas ni por pensiones. Yo doy mi voto a cambio de nada. Yo voto porque puedo. Voto para celebrar que no vivo en Corea del Norte, Birmania o Afganistán”, los países que ocupan los tres últimos lugares en el índice global de democracia. Hablando como unos Demóstenes que desayunan chilaquilitos con huevo, los mexicanos estaríamos afirmando nuestro orgullo porque, a pesar de los pesares, en este país las elecciones se han llevado a cabo de acuerdo con el orden constitucional desde 1934. Además, los presidentes han ejercido estrictamente el término que, por ley, dura su mandato. Algo semejante ha ocurrido en contados países: Canadá, Estados Unidos, Inglaterra y alguno más por ai. Nuestro Demóstenes de Tangamandapio estaría manifestando su solidaridad con sus conciudadanos, vivos o muertos, que han logrado, a costa de inmenso esfuerzo, un éxito notable: en México, a partir de 1997, se celebran elecciones limpias y los votos sí cuentan. Estaría conmemorando el hecho, mundialmente infrecuente, de que los partidos se alternan en el poder, pues en 2006 ganó el PAN, en 2012, el PRI y en 2018, Morena. Nuestro Demóstenes sabría cuan cara ha costado su democracia. La estima, a pesar de ser tan imperfecta. Otrosí, como un Cincinato que no canta mal las rancheras, nuestro mexicano arquetípico podría decir: “A mí no compran ni yo me vendo. Yo voto de gratis. Voto porque es mi deber y me lo pide la conciencia.” Nuestro Cincinato de Moroleón vota por la misma razón que tiende su cama y limpia la arena del gato. Vota igual que respeta los semáforos y paga sus impuestos. Vota por un patriotismo que no es cursi ni gritón, sino amor a la patria, humilde y callado. Claro, no es un puritano antipático: el 15 de septiembre da el Grito en el Zócalo de su localidad y compra su boleto para ir a ver jugar a la Selección Mexicana en el Azteca. Entonces, berrea “Cielito lindo” a todo pulmón. Cincinato sabe que México está malito, quizá mucho más de lo que dicen los doctores. Sabe que la patria sufre enfermedades endémicas, algunas agudas, algunas crónicas, pero también padece males propios de la época y la civilización. Sabe que México nació con taras y defectos. “¿Y quién no?”, diría Cincinato, al depositar su voto en la urna, pues sabe el dicho que dice: “A la sombra del amo, engorda el caballo.” Y así, votando en masa millones de Demóstenes y Cincinatas, de Cincinatos y Demóstenas, México elevaría el nivel de la democracia en el mundo entero. En consecuencia, el Nobel de la Paz de 2025 se entregaría al pueblo mexicano, “por contribuir a restituir el voto popular a su condición de ideal heroico”. Para ser un buen animal político hay que ser histórico y, para ser histórico, hay que ser poético y filosófico. Por ejemplo, elegir por voto secreto, universal y directo al Ciudadano Presidente de la República es una flor rara y delicada, que se desarrolló bajo circunstancias altamente improbables y en un soplo podría desaparecer.
Por singular fortuna, que un abrir y cerrar de ojos podría cambiar, México todavía no ha soportado tiranos como los que inspiraron Yo el Supremo de Roa Bastos o El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias. Sin embargo, ha tenido monarcas efímeros: Agustín I y Maximiliano, que cargaron con el título de emperadores. Su título no fue megalomanía hueca, sino indicio de que entendían dónde estaban. Llamándose “emperadores” aceptaron que, al asumir el trono, no había nación mexicana que regir, sino pueblos diversos, unidos no más que por el catolicismo y el español, que en muchos lugares era segunda lengua. Fue su manera de decir, en idioma de antaño, lo que ahora dice el Artículo 2o de la Constitución mexicana: éste es un país pluricultural, aunque hoy menos que en siglo XIX. Ambos emperadores pretendieron ser como primeros auxilios para una cosa pública que parecía necesitar últimos sacramentos: Agustín lo fue para un recién nacido y Maximiliano, para una niña. Antes de Agustín y Maximiliano, hubo un plan para que México tuviera rey. A diferencia de los gobiernos de esos soberanos malogrados, aquel plan no fue concebido en la sala de urgencias: era cirugía planeada. El plan aparece en una memoria reservada que el Conde de Aranda envió al rey Carlos III, después de firmar como ministro plenipotenciario los Tratados de París de 1783, mediante los cuales Inglaterra reconoció la independencia de Estados Unidos y acordó la paz con Francia y España, que auxiliaron a las trece colonias que poseía en el Nuevo Mundo. El preámbulo del plan de Aranda dice: Estados Unidos es “república federal que ha nacido pigmea, pero día vendrá en que llegará a ser gigante y aun coloso formidable” en América. “Entonces su primer paso será apoderarse de las Floridas” y, dominando así el Golfo de México, es decir, el paso hacia Europa, “aspirará a la conquista” de lo que hoy es nuestro país. Como es archisabido, precisamente eso sucedió, por lo menos en la mitad despoblada de aquella inmensa Nueva España. Para evitar los males que Aranda veía venir, su plan proponía dividir las posesiones americanas de la Corona española, para establecer tres grandes monarquías: una en México, otra en Perú y otra en los territorios de Colombia, Ecuador y Venezuela. De acuerdo con el plan, los reyes hubieran sido infantes de España, tomando el monarca español el título de emperador. Entre ellos mismos y con la metrópoli, los tres reinos hubieran quedado unidos por relaciones de mutua ayuda y sostén. Con el plan de Aranda, los países de la América española pudieron haberse hecho independientes como Australia y Nueva Zelanda se hicieron del Reino Unido. Sin embargo, Carlos III no tomó en consideración la idea de su ministro, que hoy nada más nos sirve para cobrar conciencia de que, por capricho del destino, elegimos presidente, en vez de acatar a un rey o temblar bajo un tirano. La fortuna puede mudar. La moneda está en el aire. |
Mauricio SandersEscritor, editor y traductor. Trabajó como agregado cultural y se ha desempeñado como funcionario en organismos para la cultura del gobierno de México. Más mitote
August 2024
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